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Presentación de Boca de lobo
Toronto, 14 de mayo de 2008
Hace alrededor de tres años, Martha Bátiz me puso en las manos un libro de cuentos de su autoría con un título que me puso los pelos de punta: A todos los voy a matar. Picado por la curiosidad e imaginando un tratado feminista de barricada, esa misma noche inicié la lectura de sus cuentos. Grande fue mi sorpresa al percatarme de que estaba ante una escritora de acendrada vocación, eso que el maestro del relato latinoamericano Juan Bosch ha considerado como la condición imprescindible para ser un auténtico cuentista.
Desde las primeras páginas del volumen, pude percatarme de la sólida formación y la vasta cultura literaria de Martha Bátiz. Su prosa económica, de temas precisos y bien hilvanados daban cuenta de una autora en completo dominio de la técnica. Desde ese primer contacto con su obra, Martha ha contado con mi lealtad como lector.
Yo, que me gano la vida desmenuzando la obra de otros, en una ocasión le comenté que equivocaba sus prioridades al embarcarse en los pormenores y afanes de un doctorado en letras cuando el oficio para el cual estaba sin duda predestinada era justamente el hacer la literatura que estudiaba con tanto ahínco. Y es que conocer el universo narrativo de Martha Bátiz conlleva el aceptar un hecho que a todo el mundo le parece obvio menos a los críticos literarios: el carácter derivativo de toda empresa de la razón frente al dominio de lo imaginario.![]()
Martha se inició en el ruedo editorial a la temprana edad de 23 años publicando sus cuentos en el rotativo Uno más uno, periódico en donde luego mantendría una columna semanal. A los 25 años se alzó con un segundo lugar en el prestigioso Concurso Internacional de Cuentos “Miguel de Unamuno”, otorgado en Salamanca, España. Desde entonces le han llovido galardones; el más reciente fue una primera mención en el Premio Internacional de Novela Casa de Teatro en República Dominicana, el cual le ha valido la publicación de Boca de lobo, la obra que nos convoca esta noche.
Boca de lobo, primera incursión de Martha en la narrativa de largo aliento, viene a confirmar lo que sus fieles lectores ya sabíamos de sobra: que estamos ante una escritora que asume su oficio con el estoicismo y disciplina de los grandes maestros.
Boca de lobo cautiva desde la primera página con una estructura de múltiples registros y un finísimo uso del tiempo narrativo. En la novela se desgaja la historia de una exitosa cantante de ópera en su debut como solista en la Ciudad de México. Minutos antes de la función debe contestar el cuestionario de una entrevista y lidiar con la noticia de la gravedad de su padre. Todo se combina para revelar una infancia traumática, caracterizada por un cuadro severo de violencia doméstica que va a contribuir a la muerte de la madre y a la virtual desintegración del núcleo familiar.![]()
Con una pericia que recuerda las novelas de Manuel Puig en cuanto al buen uso de los recursos narrativos propios del cine, en Boca de lobo se explota con asombroso éxito las convenciones del melodrama. Martha entiende bien las posibilidades críticas del melodrama como medio que retrata con singular crudeza las taras del paternalismo, la desigualdad y la violencia real y simbólica que caracteriza a las sociedades latinoamericanas del capitalismo tardío. El balance entre la vida del personaje de ópera que debe representar la protagonista, la Susana de Las bodas de Fígaro, y su propia historia personal marcada por intrigas de telenovela es sencillamente perfecto. El resultado, por supuesto, es una pequeña obra de arte.
Celebremos con Martha esta nueva contribución a la bibliografía latinoamericana. Su trabajo y talento merecen todo nuestro encomio.
Néstor E. Rodríguez
sábado, mayo 17, 2008
jueves, abril 24, 2008
Entre Cristo Rey y Washington Heights
En su celebrada pieza teatral Dominicanish, Josefina Báez aborda el tema de la experiencia del tránsito entre Santo Domingo y Nueva York, en particular la precaria situación del inmigrante atrapado entre espacios culturales distintos. La obra de Báez sugiere la existencia de múltiples conexiones entre el allá idealizado de la tierra nativa y el aquí real del territorio huésped. De estas conexiones se ocupa Jesse Hoffnung-Garskof en A Tale of Two Cities. Santo Domingo and New York After 1950, brillante análisis de la historia moderna de los barrios de Cristo Rey en la capital dominicana y Washington Heights en el extremo norte de Manhattan. El libro es una rareza. Una prosa ágil, exenta de tecnicismos, hace de su lectura una experiencia no sólo enriquecedora sino sorprendentemente entretenida. Alcanza por igual a académicos y al público no especializado.
Hoffnung-Garskof se interesa por la “historia transnacional” de los barrios Cristo Rey y Washington Heights. Con esto se refiere, entre otras cosas, al accidentado desarrollo de las dos comunidades en tanto zonas conformadas por sujetos desplazados, a saber: campesinos del interior del país, en el caso del Cristo Rey de los años 50, e inmigrantes dominicanos forzados al exilio sobre todo en la década del 70, en lo tocante a Washington Heights.
Su fuente principal son las “historias de barrio”, es decir, los testimonios orales de dominicanos y dominicanas que vivieron en carne propia las transformaciones de sus respectivas comunidades a lo largo de cuatro décadas. Por ejemplo, al rememorar el surgimiento de lo que luego se llamaría Cristo Rey, “don Marcelino” explica que a principios de los años 60 “sólo había trece familias; no había barrio, todo lo que había era monte. Trabajábamos juntos en la agricultura y en la cría de ganado”. Don Marcelino alude aquí a los orígenes del barrio en terrenos donde Trujillo tenía ubicados sus establos. A partir del ajusticiamiento del tirano en 1961, y como consecuencia de la debacle de la economía agrícola a causa del cultivo monopolístico del azúcar, el éxodo de campesinos a esa zona periférica de la capital dominicana llegó a tal punto que incluso surgieron nuevos asentamientos ilegales – “El Caliche”, “Corea”, “La Puya”, “Jarro Sucio”, “El Hoyo de Chulín”– en una franja que alcanzó a cubrir buena parte de lo que más adelante se denominaría “Zona Norte”.
Hoffnung-Garskof, historiador con vocación de geógrafo, cree que la historia de una ciudad se cuenta de modo más preciso fatigando sus zonas más recónditas, esas que se le escapan al ojo del turista y que raras veces apelan a la curiosidad de los planificadores urbanos. En Cristo Rey, Hoffnung-Garskof encuentra el envés del celebrado crecimiento económico dominicano de las últimas décadas, la cara oculta del Santo Domingo de la supuesta transición hacia la democracia que en las últimas dos décadas ha abrazado a pie juntilllas la prédica normativa del Fondo Monetario Internacional con consecuencias nefastas para el grueso de la población. El historiador también halla en su trabajo de campo en las comunidades que integran Cristo Rey muchas de las taras que dominan la idiosincrasia de la capital –los prejuicios raciales y de clase serían los ejemplos más impactantes de ello– y que se ven representadas singularmente en la cultura de pompa y boato que acapara las páginas sociales de los principales diarios dominicanos.
Como se demuestra con contundencia en los capítulos iniciales de A Tale of Two Cities, en Santo Domingo la sociedad aún se rige por los códigos de “Ciudad Trujillo”, como se conocía a la capital dominicana de 1936 a 1961, sobre todo en lo que concierne a la manera de entender la cultura. El peso de esa tradición nacionalista hace que a más de cuarenta años de desaparecida la dictadura el establishment cultural dominicano aún considere válido el reprensible sentimiento antihaitiano, o que celebre una herencia indígena puramente histórica a la vez borra sistemáticamente toda mención de la influencia africana en las discusiones sobre la nacionalidad. Las historias personales de los residentes de Cristo Rey se ven atravesadas por los ecos de esa Ciudad Trujillo que se dilata y recrudece en los doce años de Joaquín Balaguer en el poder (1966-1978). Ciertamente, Balaguer, quien sirvió a la dictadura como panegirista, canciller, embajador y hasta “presidente títere” en los años finales de la tiranía, se convirtió en el continuador de las prácticas despóticas de Trujillo. En La fiesta del Chivo, Mario Vargas Llosa ofrece quizás el retrato más preciso de esta figura siniestra que se desarrolló entre bambalinas a lo largo de tres décadas de dictadura, y que a la muerte de Trujillo confirió un grado mayor de sofisticación al autoritarismo de esos años anteriores.
Una de las características más salientes de los sucesivos gobiernos de Balaguer fue la continuación de la política de represión del viejo orden. Llegado al poder con el apoyo y asesoramiento de los servicios de inteligencia de Estados Unidos en 1966, Balaguer fue el responsable de la desaparición casi total de la militancia izquierdista dominicana de los años 70, que se concentraba principalmente en el poderoso movimiento estudiantil surgido a raíz de la guerra de abril de 1965 y la segunda invasión del ejército norteamericano poco tiempo después. De hecho, aquellos que tuvieron suerte y pudieron escapar de la represión balaguerista por la vía del exilio se establecieron en la ciudad de Nueva York y continuaron allí con su activismo político.
Por un lado, la evolución de Cristo Rey de zona rural a “espacio urbano semiformal” se puede explicar gracias a la iniciativa individual de gente que nunca se dejó amedrentar por los constantes desalojos, pero también por la intervención directa de funcionarios del gobierno y líderes comunitarios en la organización de diversos proyectos de interés social, como por ejemplo la pavimentación de calles y el establecimiento de alumbrado eléctrico y acueductos. Asimismo, con estos y otros cambios orientados a la modernización de Cristo Rey llegaron las visiones de mundo de la sociedad capitaleña, marcada en gran medida por la influencia estadounidense y su filosofía del consumo desmesurado. Buena parte de los residentes de Cristo Rey entrevistados por Hoffnung-Garskof miran con nostalgia el tiempo en que el barrio no conocía problemas de delincuencia ni la abulia de la juventud. Otros, sin embargo, celebran la idea de un “progreso” que se mide en base a la prosperidad material. Lo curioso del asunto, y este es uno de los puntos más atinados de A Tale of Two Cities, es que en el barrio ese progreso económico no implica necesariamente un ascenso social. Es lo que ocurre en el caso de los inmigrantes de retorno. Los “dominican-york”, como se le conoce popularmente a los dominicanos expatriados y sus descendientes con una gracia no exenta de prejuicio, enfrentan la crudeza de la discriminación a pesar de contribuir con millones de dólares en remesas cada año a la economía de República Dominicana.
Como si de un espejo de feria se tratase, otra de las grandes contradicciones de la sociedad dominicana reflejada en la historia de Cristo Rey tiene que ver con el profundo sentimiento antiimperialista que dominó el imaginario popular dominicano como consecuencia de la invasión de los marines en la guerra civil del 65. Ese sentimiento se alterna con una decidida admiración por el estilo de vida norteamericano. Hoffnung-Garskof piensa que el espejismo de la modernidad estadounidense, apuntalado en el control de los medios de comunicación, en buena medida determinó la emigración a Nueva York en flujo creciente a partir de los años finales de la década del sesenta, específicamente a Washington Heights, en el extremo norte de la isla de Manhattan.
Washington Heights es el lugar del mundo con mayor concentración de dominicanos fuera de la isla de Santo Domingo. Sus orígenes se remontan a los albores del siglo veinte cuando esta zona hasta entonces rural pasa por un proceso de urbanización acelerada similar al ocurrido en el Cristo Rey de los años sesenta. En la primera mitad del siglo pasado Washington Heights estuvo poblado en su mayoría por irlandeses y judíos, pero a partir de los años de la Segunda Guerra Mundial empezó un flujo sostenido de afroamericanos de clase obrera. Para la década del cincuenta un nuevo grupo social empieza a asentarse en el sector. Se trata de puertorriqueños salidos del East Harlem o “El Barrio” en busca de cierta movilidad social, pero también de recién llegados que habían dejado la isla siguiendo las promesas de bienestar que pregonaban el gobernador Luis Muñoz Marín y los estrategas del novel Estado Libre Asociado de Puerto Rico.
El Washington Heights de los cincuenta reflejaba la coexistencia tensa de las diversas etnias que dieron forma al actual Nueva York. Ya era notable para ese momento la separación de grupos sociales en tres categorías: blancos, negros y puertorriqueños. Esta segmentación, que atravesaba líneas económicas, provocó que la zona norte de Manhattan se convirtiera en escenario de cruentas pugnas políticas, en particular en lo que concierne al control del sistema educativo público en el sector. Los dominicanos que empiezan a establecerse en Washington Heights a principios de los años sesenta se encuentran con un ambiente muy poco propicio para la convivencia armoniosa entre conciudadanos.
Aunque hay constancia de un número considerable de dominicanos en Nueva York desde los albores del siglo pasado –como se puede constatar en las Memorias de Pedro Henríquez Ureña–, sin duda la oleada inmigratoria posterior al fin de la dictadura, que es la que privilegia Hoffnung-Garskof, ha sido la de mayor impacto tanto en la historia social contemporánea de República Dominicana como en la de los Estados Unidos. Y en ninguno de estos países ha sido tarea fácil el reconocimiento de ese influjo. El primer y más grande obstáculo que enfrentan los inmigrantes dominicanos en Washington Heights tiene que ver con la manera de concebir la raza. Habituados a escamotear toda alusión a la negritud –efecto de la pedagogía nacionalista que domina el debate sobre la identidad en la tierra natal–, la “colonia dominicana” en Nueva York aprende a reconocer allí su indiscutible condición afroantillana. Otro tanto puede decirse de la categoría étnica del hispano o hispanic. El inmigrante dominicano se descubre de pronto encasillado.
Para ejemplificar el tipo de tensiones sociales, raciales y étnicas a las que se enfrentaron los dominicanos en el Washington Heights de los años sesenta y setenta Hoffnung-Garskof escarba en un archivo poco convencional: el del sistema educativo público y su altamente politizada estructura. La historia de las intrigas en torno a la dirección de las diversas escuelas de la zona es indicativa de la tirantez entre maestros y padres blancos, negros y puertorriqueños en el Nueva York de ese período. En el caso particular de Washington Heights, a ese conjunto hubo de añadirse la participación de cubanos y dominicanos que, a pesar de su condición de recién llegados, muy pronto adquirirían conciencia política y aceptarían lanzarse al ruedo con la intención de escalar posiciones en las instituciones de poder de la comunidad. Aun así, como bien demuestra Hoffnung-Garskof, los dominicanos se inmiscuyeron poco en los afanes de la política de la Gran Manzana en comparación con los demás grupos hispanohablantes. La situación es por demás chocante puesto que la inmigración dominicana que se estableció en Nueva York en los sesenta estaba integrada en gran medida por militantes de izquierda y veteranos de la guerra del 65 que habían cultivado estrechos lazos de colaboración con movimientos progresistas de la ciudad, tales como Black Power y los grupos pro derechos civiles. Llama la atención que la parte más políticamente activa de esa inmigración, conocida por su persistente denuncia tanto del autoritarismo balaguerista como del imperialismo estadounidense, haya sido tan indiferente a las luchas políticas locales que gravitaban a su alrededor.
Lo que sí no se les escapaba ni los activistas de izquierda ni a la inmensa mayoría de la población inmigrante dominicana era los intríngulis de la política nacional. Esta realidad no pasó desapercibida para los dirigentes de los principales partidos políticos de Santo Domingo en los años setenta. El Partido Revolucionario Dominicano (PRD), el Partido Reformista del incumbente Joaquín Balaguer –más adelante denominado Partido Reformista Social Cristiano (PRSC)–, y más tarde el Partido de la Liberación Dominicana (PLD), supieron capitalizar del sentimiento de pueblo que aglutinaba la cada vez más creciente población dominicana en Nueva York.
La pervivencia de la cultura dominicana en Nueva York y su importancia de cara a los cambios en la demografía urbana de la ciudad es un hecho incuestionable –como lo es la manera en que la fuerza económica de los inmigrantes ha transformado a su país de origen, sobre todo en lo que respecta al hábito consumista–. Hoy día la población inmigrante más numerosa de Nueva York, y con importantes asentamientos en San Juan de Puerto Rico, Miami y Boston, la comunidad dominicana ha adquirido además una visibilidad considerable en las esferas política, cultural, académica, económica y deportiva en los Estados Unidos de las últimas décadas. Se evidencia la presencia de una comunidad pujante con intereses diversos pero cohesionada por la idea de un origen nacional común. El máximo ejemplo de esto puede que sea la Dominican-American National Roundtable, organización que desde el año 1997 congrega a ciudadanos de origen dominicano para adelantar intereses comunes. El panorama sugiere el tipo de aunamiento social propio de grupos humanos desplazados que no contemplan el retorno definitivo a la tierra natal. Siendo este el caso, es curioso que en las 319 páginas del estudio de Hoffnung-Garskof no aparezca la palabra diáspora siquiera una vez, aunque sí aparezca citado el principal proponente del uso de ese término para referirse a los inmigrantes dominicanos en Nueva York: Silvio Torres-Saillant, reconocido intelectual dominicano afincado en la Universidad de Syracuse.
En las convincentes páginas finales, Hoffnung-Garskof demuestra con estadísticas y testimonios orales la desgarradora historia del movimiento de personas entre los puntos de la geografía cultural dominicana que representan los barrios de Cristo Rey y Washington Heights. El libro es categórico en que la emigración de índole política que caracterizó el desplazamiento de dominicanos a Nueva York en los años sesenta y setenta devino en la década del ochenta en un éxodo eminentemente económico. Así ha sido, en efecto, como consecuencia directa de una administración inoperante liderada por el entonces presidente Salvador Jorge Blanco, y de las draconianas reformas impuestas por el Fondo Monetario Internacional a República Dominicana para remediar la debacle fiscal.
En pocas palabras, el Santo Domingo de los años ochenta atestiguó la quiebra de la clase media nacional. En cuestión de unos años la brecha entre ricos y pobres, de por sí ya amplia, se hizo abismal. En consecuencia, la emigración ilegal alcanzaría niveles nunca antes vistos en la historia del país. La partida furtiva de dominicanos hacia Puerto Rico en rudimentarias embarcaciones que no siempre llegan a su destino se ha vuelto desde entonces una estampa recurrente en los diarios dominicanos. Por su condición de “territorio” estadounidense, la vecina isla funciona como la puerta que asegura a los indocumentados el acceso a las mieses del “sueño americano” pretendidamente seguro en el lejano Nueva York. Empero, la odisea en busca de ese bienestar no siempre conlleva desenlaces gratos. Con el examen detenido de las angustias y satisfacciones que dimensionan el acontecer de los días en las comunidades de Cristo Rey y Washington Heights, Jesse Hoffnung-Garskof ha expuesto soberanamente los modos contradictorios en que se desarrolla la historia social de la República Dominicana moderna. NR
Primera Revista Latinoamericana de Libros (marzo 2008)
martes, febrero 05, 2008
Versos perdidos de Pedro Henríquez Ureña
La trayectoria intelectual de Pedro Henríquez Ureña (1884-1946) comprendió etapas diversas que lo llevaron a ejercitarse en registros tan heterogéneos como la creación literaria, el periodismo cultural, la crítica operística y el ensayo. A pesar de esta palmaria variedad, una parte significativa de su obra permanece desatendida. De los múltiples géneros que practicó “el gran artífice del concepto moderno de cultura hispanoamericana”, al decir de Arcadio Díaz Quiñones, la poesía es quizás el que menos atención ha recibido por parte de la crítica especializada.
Al morir, Pedro Henríquez Ureña dejó organizados dos libros: México o el hermano definidor, volumen de ensayos en proceso de edición en la capital azteca, y un cuaderno de poemas y traducciones que tituló Versos (1894-1905), de próxima publicación en Santo Domingo. Ambos manuscritos estuvieron en manos de Sonia Henríquez de Hlito hasta septiembre de 2006, cuando el archivo personal de su padre pasó a manos de El Colegio de México. Gracias a la mediación de Rafael Olea Franco, del Centro de Estudios Lingüísticos y Literarios de la mencionada institución, y del embajador dominicano, Pablo Maríñez, obtuve el permiso para examinar esos papeles aún sin catalogar. En mayo de 2007, Citlalitl Nares, directora del Archivo Histórico, cortó los sellos diplomáticos de tres cajas procedentes de Argentina para permitirme hurgar entre cientos de cartas, telegramas, notas, recortes de prensa y manuscritos. El poema que incluyo en esta nota es una de esas piezas perdidas de la obra del insigne pensador dominicano.
Tres años después de la muerte de Pedro Henríquez Ureña, Emilio Rodríguez Demorizi recoge bajo el título de Poesías Juveniles una serie de poemas publicados por quien fuera su maestro y amigo en revistas y periódicos de Santo Domingo y en Cuba Literaria, la revista fundada por su hermano Max Henríquez Ureña en Santiago de Cuba; también incluyó en la compilación dos inéditos (“En memoria del decano de la poesía patria” y “Máximo Gómez”) e “Imitación D’Annunziana”, recogido en Cortesía (1948) de Alfonso Reyes. El volumen Poesías Juveniles, publicado en Bogotá por Ediciones Espiral, cuenta con un florido prólogo de Rodríguez Demorizi bajo el título de “Ofrenda”, en el cual el compilador alude al poco interés que Henríquez Ureña tuvo por dar a conocer sus composiciones poéticas de juventud: “Holgaría advertir que Pedro Henríquez Ureña dejó dispersas y en el olvido estas Poesías Juveniles, desviadas por otros rumbos sus aficiones literarias de la mocedad”. El hallazgo del cuaderno de poemas de Henríquez Ureña, ordenado de su puño y letra, echa por el suelo la teoría del supuesto olvido de esas composiciones tempranas. Es claro que el maestro tuvo intenciones de publicar toda su poesía, incluso textos tan precoces como “Mimisintinca” (1894), no incluido en el manuscrito pero mencionado por su autor en una nota manuscrita junto a otros cuatro poemas de 1896: “Beyita”, “Mamá Reina”, “La noche y el mar” y “Ana Osorio”. En el índice con que Pedro Henríquez Ureña principia su recopilación estos poemas aparecen bajo el rubro de “Juegos infantiles”.
Si hubiera que recurrir a las etiquetas histórico-culturales para ubicar la producción poética de Henríquez Ureña habría que hablar de la obvia deuda con la poesía francesa del siglo XIX, especialmente la corriente parnasiana, pero también con el decadentismo, que viene a constituir la antítesis del ideal de armonía clásica de la tendencia que siguieron Leconte de Lisle y el primer Verlaine. Esta patente fusión de elementos procedentes de las diversas corrientes poéticas que gravitaban en la época es lo que permite identificar en la poesía de Henríquez Ureña elementos congruentes con el ideal estético del modernismo hispanoamericano. NR
A Cuba
(En la muerte de Francisco Gonzalo Marín)
Virgen americana, mártir bella,
triste Cuba infeliz, jardín de flores,
tu luminosa solitaria estrella
iluminando va sangre y horrores.
En pos de libertad audaz te lanzas,
perla brillante de la indiana zona,
y en la contienda la victoria alcanzas;
mas ciñes del martirio la corona.
Ostentas en la frente inmaculada
la corona de espinas punzadoras,
y aunque para la lid estás armada,
para vencer, tus muertos hijos lloras.
Ante una tumba hoy con dolor te inclinas;
yace en ella un poeta y un patriota
que cruzó por tus llanos y colinas
luchando hasta exhalar su última nota.
Para cantar, de bronce fue su lira,
Y fue para lidiar viril su pluma;
siempre un grande ideal su mente inspira,
bellezas siempre su pincel esfuma.
A Borinquen cantó, su patrio suelo,
de Bolívar, de Washington, de Duarte
en las tierras se vio, mas fue un anhelo
tu independencia ¡oh Cuba, hija de Marte!
Y el romancero de la hercúlea lira,
el escritor de bullidora idea,
el periodista de la santa ira,
fue por tu libertad a la pelea.
¡Y hoy ya no existe! Al despertar ibero
combatiendo murió. Más tu poesía
¡cantor del Veintisiete de Febrero!
no morirá, no muere la armonía.
…………………………………………….
¡Cuba, indómita antilla, tierra brava
Patria de Heredia, de Martí y Zenea
Rompe cadenas y no estés esclava
Gloria tu nombre el Nuevo Mundo sea!
¡Y mientras a la lucha te apercibes
y marchas decidida a la victoria,
llora a ese muerto, cuyo amor recibes,
y vuela luego a conquistar la gloria!
Cabo Haitiano, Haití, octubre 1897.
Pedro Henríquez Ureña
jueves, diciembre 27, 2007
La Habana de un novelista impío
Antonio José Ponte. La fiesta vigilada (Barcelona: Anagrama, 2007)
Afincado entre las ruinas de una Habana que apuntala su decir, Antonio José Ponte (1964) viene produciendo desde principios de los años noventa una literatura incómoda que no compagina con la pedagogía del nacionalismo cubano insular. La fiesta vigilada, último libro de este excelente autor oriundo de Matanzas, indaga en los vericuetos de la ciudad revolucionaria para poner en evidencia sus modos contradictorios de perpetuación. En esta cautivante novela, la mirada del narrador se detiene en el espacio de una Habana sitiada en su impredecible historicidad, una ciudad cuya arquitectura ruinosa remite tanto a la inmediatez de los usos del poder como a las tribulaciones del sujeto por inscribir sus señas en el terreno de lo político.
La novela la integran cuatro historias hábilmente imbricadas por las experiencias de un autor víctima de la censura. El tema se aborda a partir de múltiples ángulos que van desde ejemplos tomados de la ficción literaria con el empleo del clásico de Graham Green Our Man in Havana (1958), hasta aquellos que provienen de momentos oscuros en el acontecer cultural cubano de la Revolución, como es el caso de las intrigas en torno al documental PM (1961), que le costó el exilio a Sabá Cabrera Infante, Orlando Jiménez Leal y Néstor Almendros, y la caída en desgracia y eventual entronización como gloria nacional de un “viejo escritor”, a todas luces Antón Arrufat. Aparte de estos recursos, La fiesta vigilada exhibe también claros ribetes autobiográficos. Por ejemplo, el narrador ha pasado una temporada en Portugal y regresa a Cuba, tal y como hiciera el propio Ponte a mediados de los noventa cuando fue becado para visitar dicho país. Otro aspecto de la vida del autor incorporado a la novela en sus detalles más nimios es la historia de su expulsión, en 2003, de la Unión de Escritores y Artistas Cubanos (UNEAC) a raíz de su colaboración con la revista Encuentro de la Cultura Cubana.
Susan Sontag, Sartre, Georg Simmel, Marc Augé, Heinrich Böll, María Zambrano y Jean Cocteau son otros nombres conocidos que resuenan en la esmerada prosa que caracteriza La fiesta vigilada. El recurso de la cita de este conjunto de pensadores sirve el propósito de legitimar la “teoría de las ruinas” con que el narrador procura interpretar los signos de una Habana que se transforma a fuerza de derrumbes y que si “avanza en algún sentido es hacia su allanamiento”.
La fiesta vigilada es a mi entender el más completo y atrevido de los proyectos literarios de Antonio José Ponte hasta el momento y ciertamente una de las sorpresas más gratas de 2007 en cuanto a la historia literaria caribeña se refiere. NR
sábado, noviembre 10, 2007
Si alguien quiere saber cuál es mi patria
I
Si alguien quiere saber cuál es mi patria
no la busque,
no pregunte por ella.
Siga el rastro goteante por el mapa
y su efigie de patas imperfectas.
No pregunte si viene del rocío
o si tiene espirales en las piedras
o si tiene sabor ultramarino
o si el clima le huele en primavera.
No la busque ni alargue las pupilas.
No pregunte por ella.
(¡Tanto arrojo en la lucha irremediable
y aún no hay quien lo sepa!
¡Tanto acero y fulgor de resistir
y aún no hay quien lo vea!)
No, no la busque.
Si alguien quiere saber cuál es mi patria,
no pregunte por ella.
No quiera saber si hay bosques, trinos,
penínsulas muchísimas y ajenas,
o si hay cuatro cadenas de montañas,
todas derechas,
o si hay varios destinos de bahías
y todas extranjeras.
Siga el rastro goteando por la brisa
y allí donde la sombra se presenta,
donde el tiempo castiga y desmorona,
ya no la busque,
no pregunte por ella.
Su propia sangre, su órbita querida,
su instantáneo chispazo de presencia,
su funeral de risa y de sonrisa,
su potrero de espaldas indirectas,
su puño de silencio en cada boca,
su borbotón de ira en cada mueca,
sus manos enguantadas en la fábrica y
sus pies descalzos en la carretera,
las largas cicatrices que le bajan
como antiguos riachuelos, su siniestra
figura de mujer
obligada a parir
con cada coz que busca su cadera
para echar una fila de habitantes
listos para la rueda,
todo dirá de pronto dónde existe
una patria moderna.
Dónde habrá que buscar y qué pregunta
se solicita. Porque apenas
surge la realidad y se apresura
una pregunta, ya está la respuesta.
No, no la busque.
Tendría que pelear por ella...
II
Así vamos los pueblos de la América
en mangas de camisa. No pregunte
nadie por la patria de nadie.
No pregunte
si el plomo está prohibido, si la sangre
está prohibida, si en las leyes
está prohibida el hambre.
Si resulta la noche
y firmemente los labriegos saben
el rumbo de la aurora,
el curso de la siembra. Si los sables
duermen por largo tiempo,
si están prohibidas las cárceles...
Porque apenas en crudo mozalbete desgranado
enarbola la paz como un fragante
pabellón infinito, en nombre del amor
o de la juventud en medio de las calles,
el látigo produce su rúbrica instantánea,
su bronco privilegio. Porque apenas
un escritor coloca sus telares
en la página blanca y teje un grito
y pide paz y pide voz o pide pan y luz
para las sombras populares,
para los barrios, para las niñas,
para las fábricas, para los matorrales,
cuando no es el ostracismo es el silencio,
cuando no es el olvido es el gendarme...
Y así vamos los pueblos de la América
tan numerosos y unos. No pregunte
nadie
por la patria de nadie.
Ni en los países del mar o los océanos
todos con sus hermosas capitales,
ni en las islas o los cayos
matinales.
No pregunte si hay minas infinitas,
todas inagotables,
y luchas por salvarlas del saqueo,
todas con cadáveres...
Un aroma común, un aire justo
de familia recorre nuestros ángeles,
nuestros fusiles, nuestras metonimias...
Un rostro amargo y una misma mano y unas ardes
melancólica de nuestras tierras creían
los mismos sudores, los mismos ademanes
y la misma garra sangrienta y conocida.
Nadie pregunte por la patria de nadie.
Por encima de nuestras cordilleras y las líneas
fronterizas, más rejas y alambradas que carácter,
o diferencia o rumbo del perfil,
el mismo drama grande,
el mismo cerco impuro el ojo vigilante.
Veinte patrias para un solo tormento.
Un solo corazón para veinte fatigas nacionales.
Un mismo amor, un mismo luego para nuestras tierras
y un mismo desgarramiento en nuestra carne.
No, no pregunte
nadie por la patria de nadie.
Tendría que mudar de pensamiento
y llorar solamente por la sangre...
III
Si alguien quiere saber cuál es mi patria
se lo diré algún día.
Cuando hayan florecido los camellos
en medio del desierto. Cuando digan
que las mujeres bajan sus dos manos
de la cabeza y la alzan en la brisa,
cuando los trenes salgan a la calle
el día de la fiesta con sus vías
bajo el brazo y descanse el fogonero.
Cuando la caña se desnude y rían
los machetes en fuga hacia el batey
dejando en paz las manos sorprendidas.
Cuando todo milagro sea posible
y ya no sea milagro el de la vida:
Cuando empiece a bajar esta manera
de ignominia
y deje al descubierto hacia la aurora
el fondo firme de los pueblos. Día
justo de enumerar las cordilleras
de la nueva semana y cuáles son
los meses que contienen alegría.
Entonces se sabrá cuál es mi patria
y mucha gente irá con sus camisas
de todos los colores y ciudades.
Llenarán sus costuras con la firma
nuestra, de nuestra libertad y entonces
irán a repartirlas.
La llevarán al viento por los valles
en todas las Antillas.
Dirán que somos libres y golosos,
que gozamos del pan y de la espiga.
Que cada hombre tiene dignidad
cada mujer sonrisa.
Que tenemos la patria verdadera
y ésta también será la patria mía.
Si alguien quiere saber cuál es mi patria
se lo diré ese día.
Yo lo diré tocando la guitarra
con mi novia bordada en la camisa,
con botones de oro, blancos puños
y una gran ampolla sonreída...
Si alguien quiere saber dónde está ella
yo lo diré ese día.
Ahora no lo busque.
No pregunte por ella todavía.
Pero el día fragante que lo sepa
procure estar bien cerca y bullicioso,
porque habrá patria grande para entonces
y no habrá ni un silencio de rodillas...
IV
Si alguien quiere saber cuál es mi patria,
lo diré en una tarde americana.
Cuando el mundo se quite la cabeza
y le arranque la espina innominada.
Cuando el hilo de todas las fronteras
teja como una alfombra todas las patrias.
Y una risa inmensa
recorra las montañas
y haga huir como murciélagos despavoridos
a los acorazados con sus arrogancias,
con su larga cadena de oprobio
que une nuestras gargantas
y nos saca en sangre pulpa
las tierras perfumadas...
Y empiece entonces a inundar las calles
tanta gente escondida dentro de su casaca,
y las imprentas salgan a ver
con el vientre lleno de libros y de portadas
todos nuestros suburbios desde sus páginas
y las madres alcen sus hijos hacia la luz
de la aurora, sin guerra y sin amenazas...
Día justo y solemne de contestar
de cuánto goce se compone una patria.
Cuáles son los veinte ruidos
de la nueva batalla.
A quién le corresponde el apetito,
a quién el gesto copioso y la guirnalda,
qué colorido el del más ancho traje,
qué ritmo el de la más noble carcajada.
Cuáles bueyes y cuáles sementales
en la exposición donde las frutas y las canastas...
Pero ahora
nadie pregunte por la patria
de nadie.
Y el día en que estalle
la libertad suprema y soberana,
procure estar bien cerca y bullicioso
porque habrá una gran patria,
una grande, inmensa, inmóvil patria para todos
y no habrá ni un país para estas lágrimas...
viernes, noviembre 02, 2007
La mañana
En la concavidad
de este misterio estremecido
espejea un resto de claridad:
filamento terroso centelleando
contra todo vestigio
de lo acontecido
domingo, octubre 14, 2007
Abandonar la casa
Abandonar la casa,
sus oquedades íntimas,
sus vacíos de tiempo
densos y numerosos.
Vuelvo la mirada
para no perder la marca
de mi desasimiento
-hoy son otros los terrores-.
Dejar la casa,
renegar de su cadencia,
ese páramo de gestos
aprendidos y sin embargo
tan insólitos al amparo
de cada floración.

